Roberto se apoyó sobre el marco de la puerta y desenfocó la mirada hacia la calle. Los coches pasaban. Algunos aceleraban adelantándose a los que, por el contrario se desplazaban a paso de hombre. Unos y otros se detenían en el semáforo de la esquina.
Se le ocurrió pensar que así era su vida: muchísimos hechos pasando desenfocados, algunos increíblemente rápidos, otros demasiado lentos, pero todos pasando y pasando en incansable carabana.
«Qué tonto sería que un hecho se quedara detenido a mitad del camino, interrumpiendo el paso de los que siguen -pensó-. Y, sin embargo, a veces mi vida se parece mucho a un gran estancamiento…»
[...]
Vio los coches que circulaban más espaciados: uno gris, otro azul y otro blanco, una camioneta marrón, una moto, un coche enormemente negro, y luego, durante unos instantes, nada.
De pronto, la calle estaba vacía de coches.
De pronto, su mente estaba vacía de pensamientos.
Se sintió sereno, y su sonrisa se extendió a cada músculo de su cara. [...] Todo su universo estaba conformado por él, la calle y el descubrimiento del vacío.
Amarse con los ojos abiertos, Jorge Bucay y Silvia Salinas